Leopoldo Romañach Guillén

Leopoldo Romañach Guillén
Leopoldo Romañach Guillén

Leopoldo Romañach es considerado uno de los pintores que inicia la transición a la pintura moderna en Cuba

Leopoldo Romañach Guillén nació el 7 de octubre de 1862, en el poblado de Sierra Morena (Corralillo), provincia de Villa Clara. Fueron sus padres el catalán Baudilio Romañach y la cubana Isabel Guillén. Cuando a los cinco años quedó huérfano de madre, Leopoldo y sus hermanos fueron enviados a la casa de su tía paterna en la Costa Brava, muy cerca de la frontera entre España y Francia, y luego vivió en varios sitios de la península ibérica. Cursó la primera enseñanza en Gerona y estudios de alto comercio en Barcelona. Por ser hijo de la cubana Isabel Guillén, quizá su ascendencia criolla le hizo amar los exuberantes paisajes de la isla y desde pequeño tratar de dejarlos plasmados, mientras que su padre, el comerciante de origen catalán Braudilio Romañach, insistía en que se dedicara a las relaciones económicas.
Cuando el futuro artista volvió a Cuba, con sólo 14 años, trabajó en una tienda mixta propiedad de su padre, establecida en Vega de Palma, en Camajuaní. Poco después su padre lo envió a Nueva York para estudiar inglés y adentrarse en la actividad comercial, sin obtener grandes logros en ese campo, pues la pintura era su verdadera afición. En Nueva York permaneció por espacio de seis meses, y mientras estudiaba, laboraba en trabajos de comisiones en la importante firma comercial italiana Casa Caruana.

Leopoldo Romañach y el mundo de las bellas artes

Su primer contacto con el mundo de las bellas artes tiene lugar primeramente en Barcelona, durante su época de estudiante, cuando el Director del plantel donde estudia lo lleva a visitar una exposición del artista catalán Fortuny. Posteriormente, en Nueva York, tiene oportunidad de contemplar los cuadros de célebres maestros de la antigüedad en el Museo Metropolitan, el que visita repetidas veces y donde observa la técnica de diversas obras de arte y aprende a establecer distinciones entre una y otra. Luego de varios meses en Estados Unidos regresó al poblado de Caibarién, donde radicaba su progenitor, quien mantenía la ilusión de que se dedicara al comercio. Con ese propósito lo envió a La Habana, con 400 tercios de tabaco en rama para venderlos, pero el joven Leopoldo aprovechó su estancia en la capital para visitar al maestro Miguel Melero, director de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, y suplicarle que lo dejara asistir a las clases de colorido, por lo que se despreocupó de la encomienda del padre y eso trajo como consecuencia que sus relaciones se enfriaran. Con esos conocimientos, Leopoldo sentía crecer el gusto por la pintura. Matriculó en la escuela en el curso académico 1885-1886. Obtuvo notas de sobresaliente y matrícula gratis en las clases de Dibujo Elemental, y aprovechado en las de Antiguo Griego.
Cuando volvió a su pueblo, don Francisco Ducassi, un amigo aficionado al arte pictórico, nieto de los marqueses de Casalaiglesia, Caballero del Santo Sepulcro, lo alentó en sus pretensiones de continuar y, desde su plaza de administrador de la Aduana de la localidad, influyó, junto al periodista Bácaro, para que la Diputación de Santa Clara le otorgase a Romañach una beca que le permitiera estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Roma, en Italia. Allí fue alumno de los pintores españoles Francisco Pradilla y Enrique Serra, y del eminente maestro Filippo Prosperi, director del plantel.
En Italia Romañach concurre a la Associazione Artistico Internazionale, donde sus obras son elogiadas por la crítica y llaman la atención de los célebres maestros italianos Manzini e Innocenti. Se relaciona además con artistas de renombre como tales como Morelli, Michetti, Durand y otros. A este periodo de su labor artística pertenecen los cuadros “Nido de Miseria,” que actualmente se exhibe en el Ateneo de Santa Clara, en Cuba, y “La Convaleciente”, perdida al hundirse el barco que la devolvía a la Isla tras ser premiada con medalla de oro en 1904, durante la Exposición Internacional de San Luis, en Estados Unidos.
Durante más de cinco años cursa, libremente, estudios en Roma, hasta que, al comenzar la guerra de 1895, se le suspendió la beca y, sin otros recursos con los cuales sostenerse en Europa, recibió la ayuda de su compatriota Marta Abreu para trasladarse a New York, donde abrió un estudio en la calle 13. En esta ciudad se relacionó con altas figuras del patriotismo y las letras cubanas en el exilio como Raimundo Cabrera, José Martí, Gonzalo de Quesada, Méndez Capote y la propia Marta Abreu. Una vez terminada la contienda independentista y de regreso en Cuba, le fue ofrecida la dirección de San Alejandro, pero Romañach declinó este honor modestamente ocupando el 20 de febrero de 1900 la cátedra de Colorido.
El artista recibió otros galardones, como la Medalla de Plata en la Exposición de Buffalo, en 1904; Medalla de Oro en Charleston; primer premio en La Habana, en 1912; en Panamá en 1915 y en Sevilla en 1929. Condecorado por el Gobierno cubano con la Gran Cruz de la Orden de Céspedes en 1950, fue un activo miembro de las principales instituciones mediadoras del arte. Por la calidad de sus obras, Leopoldo Romañach es considerado uno de los pintores que inicia la transición a la pintura moderna en Cuba.
Falleció en La Habana el 10 de septiembre de 1951 y fue velado en la Escuela de San Alejandro. La prensa de la época fue exhaustiva en la publicación de numerosos artículos que elogiaron su obra y una labor docente caracterizada por la introducción de métodos adelantados que permitían a los alumnos expresarse libremente y de forma personal; algunos de ellos fueron los iniciadores del arte moderno cubano.

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